martes, 10 de julio de 2012

Un recuerdo y un poema

Una de las últimas veces en que la vi con vida a penas faltaban unas horas para que operaran a Isel. Nos encontramos de casualidad a las puertas del banco. Ella iba a sacar dinero para los libros del niño y nosobros íbamos a ver si, por casualidad, teníamos dinero. Me cogió de las manos, ese fue su único gesto. Ella sabía sin que nadie se lo dijera que yo lo estaba pasando aún peor que la bonita Isel. Mi reacción fue llorar desconsoladamente con un llanto que tenía atragantado. Me gustaría mucho describir ese llanto, de verdad que me gustaría describirlo. Estoy seguro de que todo el mundo tiene algo guardado, no sólo un secreto o una decepción, sino un grito, una locura absolutamente inalcanzable, un poema harto de tanto no decirse... Y os juro que ella se sabía el poema y el grito y la locura, se sabía el dolor. Y allí estábamos, en la calle más innecesaria de Madrid, en el momento más inoportuno; ella con su cabello de niebla y sus muchos años, con su esfuerzo para andar. Y vuelvo a decir que me agarró las manos porque nadie sabe agarrar así las manos; agarrarlas hasta que la carne toda se hace una y me transmitió ese aura de madre infinita, de madre total, esa terrible sensación de estar sostenido por una energía de amor totalitaria que jamás me dejaría escapar. Me miró profundamente y con una seguridad infinita me dijo que ella sabía que todo saldría bien; lo dijo con tanta seguridad que me lo creí hasta el final y así salieron las cosas.




La última vez que la vi estaba consumida por la enfermedad. Estaba en su pequeña casa frente al televisor y con la bomba de oxígeno enchufada. ¿Cómo me ves, Pedro, cómo me ves? Me preguntaba. No pude responder, no pude. Había perdido mucho peso y la dificultad la asfixiaba. Regresé a casa sabiendo que era la última vez que la vería con vida y aguntó hasta el final del curso de los niños, hasta el último día en que estos llegaban a casa para esperar a que sus padres salieran de trabajar, como si quisiera alargar ese momento y terminar debidamente como son siempre los finales maravillosos de todas las madres que aguantan hasta que no pueden más la sacudida de los vientos.



Muchas gracias por las clases del Adrián, está muy contento, todo le ha salido bien. Me decía casi sin poder hablar. Le agarré las manos, esta vez yo mismo y quise llorar otra vez como la última. Sé que ella lloró a su manera pero se hizo la fuerte como era costumbre. La gente así no tiene derecho a morir, la gente así no tiene derecho a morir, me dije con rabia regresando al coche.



Se llamaba María Teresa. Un día perdí a una con quince años y ahora perdí a otra con veintiocho. Era, junto a la primera, una de las mujeres más hermosas que he visto en mi vida. Al final de mi primer llanto por Isel me hizo reír. Ahora, en vez de llorar, de verdad que me gustaría reírme de la vida, reírme sólo para ella, con esa danza macabra que provoca el llanto sonreído. Sólo puedo, desde ahora, brindar para ella desde aquí, esté donde esté, y dedicarle este cochambroso, este insignificante poema. Te quiero mucho, te quiero, María Teresa:



Así como si le hubieran trazado en el centro

una esfera de materna perfección

y fuera el diámetro el viento.



En el pelo los osos blancos danzaban,

en las manos las fallas de la carne

imitaban a los cedros entrelazados.



Sentencias suyas invitaban al silencio

y la esfera se agrandaba según los pasos

que seguían los niños tras la tarde.



Aguantados los afluentes del curso,

en la víspera del oxígeno alterado

sus ojos eran grises antes del azor.



Dijo adiós al verano,

ya descansa en el tiempo.

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